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En muchas partes del mundo, los ladrillos se hacen a mano. El barro es extraído de campos cercanos. Después de haber sido amasado, se le da forma al barro sirviéndose de un pequeño molde. Primero, se espolvorea arena dentro del molde a fin de prevenir que el barro se adhiera de éste. Luego, se recoge el barro con las manos y se echa en el molde. El barro sobrante es recortado de la parte superior para darle la forma al ladrillo. En algunas regiones se voltea el molde para soltar el ladrillo; en otras, el molde no tiene pared inferior. Finalmente, se le estampa al ladrillo el nombre del manufacturero. Los ladrillos se dejan al sol para que se sequen. Una vez secos son transportados al horno. En India y Nepal, los ladrillos se amontonan en enormes hornos cubiertos de tierra, los cuales se encienden vertiendo combustible por pequeñas tuberías dispersas en la parte superior del horno. Después de cocer los ladrillos, los ladrilleros lo sacan del horno. Si se cayera un ladrillo podría aterrizar, varios metros después, en los pies descalzos de un trabajador. Finalmente, los trabajadores transportan grandes cargamentos de ladrillos, a través de campos cubiertos de piedra y ladrillos rotos, para su almacenamiento y distribución. Aún una pequeña
fábrica puede producir hasta 500.000 ladrillos al año. Cada
ladrillo pesa entre uno y dos kilogramos. Un niño pequeño
puede acarrear más de 1.000 ladrillos diarios sobre su cabeza o
espalda.
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